domingo, 7 de diciembre de 2014

¿Por qué no utilizamos instrumentos en las reuniones?

Y cuando hubieron cantado el himno,
salieron al monte de los Olivos. Mat 26:30

 
Que la fiesta callejera se aleje del ágape de Cristo, y también las vanas fiestas nocturnas, que fanfarronean con exceso de vino. La fiesta callejera provoca la embriaguez, en una impropiedad de una perturbación erótica.

El erotismo y la embriaguez, las pasiones más irracionales, se sitúan lejos de nuestra comunidad. La fiesta nocturna va acompañada de un comportamiento beodo (Borracho, embriagado, ebrio) debido a la bebida. Es una invitación a la embriaguez, un estímulo de las relaciones, un atrevimiento que genera desvergüenza.

Quienes se agitan al son de las flautas, de las arpas, de los coros, de las danzas, de las castañuelas de los Egipcios, o al son de las diversiones de este estilo, aturdidos al ritmo de címbalos y tambores, y ensordecidos por los instrumentos del error, se volverán totalmente insensatos, desordenados e ineptos. En efecto, una reunión de esta índole me parece, sin más, un teatro de embriaguez.

El Apóstol nos pide: «Nosotros, deponiendo las obras de las tinieblas, ciñámonos las armas de la luz. Andemos con decoro, como en pleno día, no en comilonas y borracheras, ni en fornicaciones y desenfrenos» (Rom. 13, 12-13.)

Que la siringa (Instrumento musical de viento compuesto de varios tubos de caña sujetos unos a otros de manera que forman escala musical y que mitológicamente también se le ha dado a conocer como una ninfa cuyas cualidades seducen al pastor de los rebaños y las ovejas.) se reserve para los pastores y la flauta para los hombres supersticiosos que se afanan en el culto de los ídolos (La flauta era empleada en los sacrificios y ceremonias paganas). En verdad, debe rechazarse de los banquetes (reuniones) sobrios este tipo de instrumentos, más apropiados para las fieras que para los hombres y, de entre éstos, para los privados de razón.

Según tenemos entendido, los ciervos quedan hechizados con las zamponas y los cazadores que los persiguen los orientan con sus melodías hacia las trampas. También tenemos entendido que para los caballos, durante su coito, se interpreta una especie de himeneo (canto nupcial), al son de la flauta, que los músicos denominan hipóthoros (En griego, hipothóros nomos, melodía interpretada durante el ataque sexual y copulación de una yegua y un asno; etimológicamente deriva de hippos «caballo», y thórnymai «acción de juntarse, ayuntarse, copular».

Es absolutamente necesario eliminar toda visión o audición indigna y, en una palabra, todo aquello que produzca una sensación vergonzosa de desorden, la cual, realmente o más bien, sea motivo de insensibilidad. Asimismo, debemos guardarnos de los placeres que cosquillean y afeminan la vista y el oído. Corrompen las costumbres las drogas engañosas de las melodías blandas y ritmos hechiceros de la música de Caria (antigua región histórica situada al sudoeste de la actual Turquía), arrastrando a la pasión con un género de música licenciosa y malsana.

El Espíritu Santo en el Salmo opone a este tipo de fiesta “la liturgia” (El vocablo debe entenderse como «servicio, culto rendido a la divinidad», que ya tenía en griego helenístico, más que en su sentido cristiano de «liturgia» digna de Dios: «Alabadlo al son de la trompeta» (Sal. 150, 3a.), ya que al son de la trompeta resucitará a los muertos; «alabadlo con el arpa» (Sal. 150, 3b.), porque la lengua es el arpa del Señor; «alabadle con la cítara», entendiendo por ello la boca, movida por el espíritu, como por un plectro (Púa para tocar instrumentos de cuerda.); «alabadle con el tambor y con un coro»( Sal. 150, 4a.), refiriéndose con ello a la Iglesia, la cual celebra la resurrección de la carne, sobre piel resonante (se refiere a la piel del tambor). «Alabadle con instrumentos de cuerda y con el órgano» (Sal. 150, 4b.), el órgano expresa el cuerpo, y las cuerdas los nervios de dicho cuerpo, gracias a los cuales ha recibido una tensión armónica, y al ser tañido (de rasgueo) por el espíritu emite voces humanas; «alabadle con címbalos de ruido estremecedor» (Sal. 150, 5.) entendiendo por címbalo la lengua de la boca, que resuena al golpearse con los labios.

Así ha hablado a la humanidad: «Que cada alma alabe al Señor» (Sal. 150, 6.), ya que ha extendido su providencia a todo lo creado. En verdad, el hombre es un elemento pacífico, aunque alguno con otras preocupaciones invente instrumentos bélicos, que inflaman el deseo, encienden el amor, o excitan la ira.

Así pues, en campaña, los habitantes del Tirreno (parte del mar Mediterráneo que se extiende al oeste de la península italiana entre las islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia y las costas continentales de Toscana, Lacio, Campania y Calabria) utilizan la trompeta; los arcadlos, la zampoña; los sicilianos, el arpa; los cretenses, la lira; los lacedemonios, la flauta ordinaria; los tracios, el cuerno; los egipcios, el tambor,  y los árabes, los platillos. Nosotros, en cambio, no utilizamos más que un instrumento, el Logos (Jesús) pacífico, con el que honramos a Dios. No nos servimos del antiguo instrumento de cuerdas, ni de una trompeta, ni de un tambor o de una flauta, que tenían por costumbre usar durante sus reuniones los que se ejercitaban en la guerra, despreciando el temor de Dios, e intentando levantar su coraje abatido con tales ritmos.

Que la benevolencia en la bebida sea doble, según la Ley: si se dice «Amarás al Señor tu Dios», y luego «a tu prójimo» (Mt. 22, 37.39.); la benevolencia debe mostrarse hacia Dios por medio de la acción de gracias y el canto de salmos; la segunda, la benevolencia con respecto al prójimo, por medio de una honesta conversación: «Que la palabra del Señor habite en vosotros muy abundante» (Col. 3, 16.), dice el Apóstol.

Este Logos se adapta y se conforma a las circunstancias, a las personas, a los lugares, y ahora se ocupa de los banquetes (reuniones). Y, de nuevo, añade el Apóstol: «Enseñándonos en toda sabiduría y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos, cánticos espirituales, cantando así a Dios con acciones de gracias en vuestros corazones. Y todo cuanto hiciereis, de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, en acción de gracias a Dios Padre, por mediación de Él» (Col. 3, 16-17).

Que ésta sea nuestra fiesta eucarística, y si tú quieres cantar, toca la cítara o la lira; no es ello motivo de reproche para ti. Imita al Hebreo, al rey justo, que daba gracias a Dios: «Regocijaos, justos, en el Señor; a los hombres rectos conviene la alabanza — así dice la profecía—; alabad al Señor con la cítara, haciendo sonar las diez cuerdas del arpa, cantadle un canto nuevo» (Sal. 32, 1-3.). Y el salterio (Instrumento musical con caja de madera y cuerdas metálicas; tiene forma de prisma, y se parece al arpa.) de diez cuerdas, con el elemento de la decena, que significa quizás el Logos, Jesús (Como símbolo numérico, la letra iota, inicial de Jesús, equivale al número 10..)

De la misma manera que antes de tomar nuestro alimento, es conveniente bendecir al Creador por todo, así también, en la bebida, debemos entonarle salmos, porque participamos de sus criaturas.

Sin lugar a dudas, el salmo constituye una armoniosa y sana alabanza; el Apóstol le da el nombre de Canto Espiritual (Ef. 5, 19; Col· 3, 16.)
Es, en especial, cosa santa, antes de acostarse, dar gracias a Dios, por haber gozado de su gracia y benevolencia, a fin de que nos sumerjamos en el sueño poseídos de Dios. Dice la Escritura: «Alabad a Dios con cantos de vuestros labios, porque por orden suya se cumple todo cuanto le place, y no hay impedimento para su salvación» (Ecle. 39, 15.18)

Entre los antiguos griegos, durante los banquetes en los que se bebía, y en que las copas se desbordaban, se entonaba, a imagen de los salmos hebreos, un canto llamado escolio (Anotación o aclaración que se escribe junto a un texto para explicar su contenido.); todos lo cantaban a viva voz y al unísono, si bien algunas veces alternativamente, a medida que cada uno brindaba a la salud de los demás. Y los más aficionados a la música se acompañaban en sus cantos con la lira.

Mas alejemos de nosotros las canciones eróticas y procuremos que nuestros cantos sean himnos de Dios.

Añade la Escritura: « ¡Que alaben su nombre en los coros, que lo celebren con el tambor y el arpa!» Pero, cuál sea este coro que celebre a Dios, el Espíritu Santo mismo te lo indicará: «La alabanza de Dios está en la asamblea de los Santos; ojalá se regocijen éstos en su rey!» E insiste: «porque el Señor se complace en su pueblo » (Sal. 149, 3, 1-2.4)

Debemos tan sólo elegir las melodías simples, rechazando lo más lejos posible de nuestra mente las que son realmente húmedas, que por funestos artificios en su modulación fomentan un régimen de vida proclive a la molicie y a la bufonería.

Por otra parte, las melodías austeras y moderadas se oponen a la arrogancia de la embriaguez. Dejemos, pues, las armonías maquilladas para los excesos impúdicos («cuyo rostro no se ruboriza», «que no siente vergüenza») de los bebedores de vino, y para la música coronada de flores y de prostitución.

Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Heb 13:15 

Por Clemente de Alejandría
Capítulo 4 del libro “El Pedagogo ll”

Nombre original: ¿Cómo debemos recrearnos en los banquetes?